El día de la fiesta de mi pueblo lo habíamos esperado todos desde hacía unos meses. Lo celebramos siempre el 25 de abril, nos reunimos todos los del pueblo, incluso los de la casa que está en alquiler, que cada año tiene a alguien diferente, y comemos y bailamos juntos. Aquí en Galicia somos muy fiesteros todos. No hay un mes en el que no se celebre la fiesta de un santo, de una virgen o alguna fiesta de esas que quedan de las cosas en las que nuestros antepasados creían.
Lo que no imaginábamos ninguno de nosotros es que la mayoría acabaríamos en el hospital. Para la fiesta siempre hacemos una empanada gigante para que podamos comerla todos. Somos unos 50 vecinos, así que os la podéis imaginar. Casi todos los años la hacíamos de carne… Este año Manuela quiso innovar y ella y su marido cogieron el dinero y decidieron comprar los ingredientes para hacerla de bacalao.
Algunos no estábamos contentos con la elección, entre ellos yo, ya que a mí no me gusta cambiar las cosas a las que estoy acostumbrado. A parte, no sabía si iba a gustarme. Pero, cuando la probamos, estaba bien rica, así que comimos casi todos.
Lo único que nos extrañó es que estaba como muy pringosa e inconsistente… Como aceitosa. Pero claro, decían que eso, con el bacalao, era normal… o no.
Acabamos todos con intoxicación alimentaria
La fiesta empezó como todos los años, María trajo la música de siempre, empezamos a beber y a charlar, primero de nuestras cosas y, como siempre luego hablando todos de cosas que pasaron hace muchos años y nos echábamos unas risas. Los siete chavales del pueblo corriendo por la plaza, los más mayores sentados medio discutiendo como siempre, y nosotros, que nos hemos llevado juntos toda la vida, de pie con el vaso en la mano, picando de aquí y de allá. La empanada fue el centro de todo, como cada año. La cortamos en trozos enormes, y no duró ni media hora encima de la mesa.
Al principio nadie notó nada raro más allá de lo pringosa que estaba. Pero con el paso de las horas, la cosa empezó a ponerse rara. Primero fue Carmen, que dijo que tenía calor, pero un calor raro, como si le subiera desde dentro de las tripas. Luego fue mi primo Luis, que empezó a decir que le picaba la piel y que tenía la cara roja como un tomate. Nos reíamos, pensando que ya estaba como una cuba, además que ese día el sol pegaba muy fuerte.
Pero ya dejamos de reírnos cuando varios empezamos a notar lo mismo. Una sensación de mareo, como si el suelo se moviese un poco. Algunos se llevaban la mano al estómago, otros decían que tenían ganas de vomitar. Yo recuerdo que empecé a sudar frío, y eso que hacía calor. Aquello era rarísimo, casi irreal… Por un momento pensé en que había bebido demasiado y todo esto estaba pasando en mi cabeza.
Creo que pasó una hora y pico y todo estaba mucho peor. La gente estaba sentada, ya no se oían conversaciones animadas ni risas, otros estaban tumbados, algunos se iban a vomitar detrás de la iglesia. Los más mayores lo pasaron peor. A más de uno le dio una bajada fuerte de tensión, y todos empezamos a asustarnos de verdad.
Al final dos de nosotros llamamos a urgencias y empezaron a llegar ambulancias. Nunca había visto tantas juntas en el pueblo. Nos fueron atendiendo como podían, preguntando qué habíamos comido, si todos habíamos probado la empanada. Y ahí fue cuando nos miramos unos a otros y caímos en la cuenta. Todos los que estábamos mal habíamos comido de la empanada. Me acuerdo de que la cara de Manuela era un poema…
Todos teníamos los mismos síntomas: vómitos, diarrea en algunos casos, enrojecimiento de la piel, dolor de cabeza fuerte, sensación de calor interno y un malestar que no se lo deseo a nadie.
Aquella fiesta, que había esperado desde hace tanto, acabó con medio pueblo repartido entre ambulancias y en el hospital. Yo no entendía nada… la empanada estaba buena. No olía mal. ¿Cómo nos había sentado así?
Genaro casi se muere
De todos, el que peor lo pasó fue Genaro. Tiene 87 años, y aunque siempre ha sido fuerte como un toro, aquello le pasó por encima. Recuerdo verle sentado al principio, diciendo que estaba bien, que no era nada… pero el orgullo esta vez no le bastó…
Se puso muy rojo, empezó a respirar con dificultad y decía que le latía el corazón muy rápido. Fue uno de los primeros en subir a la ambulancia.
En el hospital nos explicaron lo que había pasado. Nos hablaron de algo que muchos no habíamos escuchado en la vida: la escombroidosis, una intoxicación por histamina que ocurre cuando el pescado está en mal estado. Resulta que, cuando el pescado no se conserva bien, las bacterias generan histamina en cantidades altas, y eso provoca una reacción en el cuerpo que puede parecer incluso una alergia grave.
Los médicos nos dijeron que, en personas mayores, como Genaro, podía ser muy peligroso. Y en su caso, lo fue. Le tuvieron que tratar con medicación, controlar su tensión, su respiración… hubo momentos en los que la cosa pintaba muy mal.
Recuerdo hablar con uno de los médicos, que nos dijo claramente: “Habéis tenido suerte”. Así, sin rodeos. Nos explicó que, si la cantidad de histamina hubiera sido mayor o si hubiera afectado a más gente vulnerable, podríamos estar hablando de algo mucho peor.
También nos explicaron que este tipo de intoxicación no se arregla cocinando el pescado. Es decir, aunque el bacalao estuviera bien hecho en la empanada, si ya estaba en mal estado antes, el peligro seguía ahí. Esto nos dejó de piedra. Porque todos pensábamos que, al cocinar bien los alimentos, el calor mata todas las bacterias, pero por lo visto no siempre es así.
Genaro pasó una semana ingresado. Fue el único que se quedó más tiempo. Cuando por fin volvió al pueblo, estaba bastante raro. Creo que se asustó de verdad… Ya sabemos que, cuando te pasan ciertas cosas cuando tienes ya una edad, el cuerpo puede acabar resintiéndose y irte para el hoyo. No es la primera vez que veo algo así, ya tengo una edad, y he visto como a muchos que estaban perfectamente, les ha pasado algo un poco fuerte y han acabado muy mal.
Hablamos con Manuela
Unos días después, cuando ya estábamos todos más o menos recuperados, decidimos ir a hablar con Manuela y su marido. No le íbamos a echar nada en cara porque, esto, le pasa a cualquiera. Pero necesitábamos entender qué había pasado.
Cuando entramos en su casa les vimos las caras de preocupación. Se les veía afectados, sobre todo a ella. Manuela no paraba de repetir que lo sentía, que nunca pensó que algo así podía pasar.
Nos contaron que habían comprado el bacalao en el mercado de la ciudad que está a unos 20 minutos del pueblo. Decían que tenía buena pinta, que no notaron nada raro en el momento. Pero luego, poco a poco, por lo que nos habían dicho los médicos, nos contaron lo que podía haber pasado.
Manuela nos explicó que había dejado el pescado fuera de la nevera toda la noche. Su idea era madrugar y tenerlo listo temprano para preparar la empanada. Pero ese día hizo más calor de lo normal para estos meses del año. Al final, todos acabamos pensando que tuvo que ser eso.
El pescado estuvo demasiadas horas sin estar en el frigorífico. Así que se estropeó, aunque no se viera por fuera. Desde la fiesta, aprendimos que no todo lo que está malo tiene mal aspecto o huele mal.
Su marido también estaba bastante tocado. Decía que no dejaba de darle vueltas, que cómo no se dieron cuenta, que cómo no pensaron en guardarlo mejor. Pero bueno, se confío, como nos pasa a todos en con las cosas de la vida.
Nadie del pueblo se enfadó con ellos, entendíamos que había sido un accidente. Pero todos nos quedamos con una mala sensación, de haber pasado por algo peligroso, que podría haber acabado muy mal.
Podría haber sido mucho peor
Un amigo de mi vecino conocía a uno de los dueños de una empresa llamada Frimavi, que se dedica a la refrigeración industrial, y decidió llamarle para contarle todo lo que había pasado, por lo que habíamos descubierto de lo del frío. Y la verdad, aquella charla nos sirvió de mucho.
Le explicaron que el pescado es uno de los alimentos más delicados que existen en cuanto a conservación. Desde el momento en que se captura, debe mantenerse en frío constante, normalmente cerca de los 0 grados. Eso es lo que llaman la cadena de frío.
En cuanto esa cadena se rompe, aunque sea durante unas horas, empieza a deteriorarse. Las bacterias que ya estaban en el pescado comienzan a multiplicarse rápidamente. Y algunas de esas bacterias producen histamina.
Lo peligroso es que esa histamina no desaparece con el calor. Es decir, puedes cocinar el pescado, freírlo, hornearlo… da igual. Si ya tiene niveles altos de histamina, te pones malo sí o sí.
Le dijeron que, si encima hacía calor, el pescado pudo empezar a deteriorarse en pocas horas. Incluso en menos tiempo si la temperatura es alta. Y lo peor es que no siempre se nota. Puede parecer fresco, oler normal… pero no está bien.
También nos hablaron de los riesgos más graves. La escombroidosis suele ser leve en muchos casos, pero puede complicarse. Puede provocar problemas respiratorios, bajadas de tensión, arritmias… y en personas que ya están delicadas, puede llegar a ser mortal.
Nos insistieron mucho en algo: nunca dejar pescado fuera del frigorífico más tiempo del estrictamente necesario. Y si hay dudas, mejor no comérselo. Porque el riesgo no merece la pena.
Pero, vamos, no solo pasa con el pescado. Otros alimentos también pueden ser peligrosos si no se conservan bien, pero el pescado es especialmente traicionero.
Después de llamarlos nos quedó todo bien claro. Había cosas que teníamos que cambiar a partir de ahora.
Había que cambiar el chip
Después de todo lo que pasó, decidimos contarlo en el pueblo. Hicimos una reunión, pero esta vez no era para hacer una fiesta, sino para aprender.
Cuando empezamos a contarles todo lo que nos habían dicho, algunos nos empezaron a contar cosas peligrosas que solían hacer casi a diario. Gente que decía que siempre dejaba la comida fuera para que no estuviera fría, otros que descongelaban fuera del frigorífico durante horas, algunos que guardaban cosas en la nevera cuando ya llevaban medio día fuera…
Nos habíamos llevado así toda la vida… demasiado poco nos había pasado. No teníamos ni idea de que esas tonterías que hacíamos podían costarnos, según la suerte que tuviéramos, incluso la vida.
Así que, a partir de eso, fuimos cambiando muchas cosas. Todos hemos empezado a tener mucho más cuidado con la comida. Ya no dejamos nada fuera de la nevera. En cuanto terminamos de comer, ya no dejamos las a temperatura ambiente, una hora mientras charlamos.
Y, aunque un poco paranoicos, ahora seguro que estamos todos más seguros.
Espero que las próximas fiestas las tengamos en paz
Ahora, con todo ya pasado, lo veo de otra manera. Sé que no va a volver a pasar, porque todos hemos aprendido la lección. Esto que ha pasado no ha sido una tontería…
Genaro está bien, ya en su casa, recuperado. Pero desde entonces no ha querido volver a probar el pescado. Y la verdad, no le culpo. Yo ahora miro con miedo hasta las latas de atún.
Yo ahora miro más las fechas, guardo todo en frío como toca y no me la juego con alimentos que puedan dar problemas.
Lo que nos ha pasado, no se lo deseo a nadie. Se pasa fatal, de verdad…
Y, aunque esta fiesta haya salido rana, ya estamos pensando en la del año que viene. Con ganas, pero esta vez vamos a ir con cuidado. Y la empanada la haremos de carne, como la hemos hecho toda la vida.