Juan siempre había sido una persona tranquila, o al menos eso pensaba. Tenía un trabajo cómodo, una familia buena, y una forma de vida que parecía normal. Pero ya se sabe que muchas veces todo es fachada. Sin embargo, con el paso de los años, empezó a notar que algo siempre iba con él, una especie de nerviosismo. No sabía muy bien cuándo comenzó. Tal vez fue el trabajo, las responsabilidades, el miedo a no llegar a todo. Vivía en una sociedad donde ir rápido, estar siempre alerta y no parar nunca parecía lo normal.
Al principio, Juan no le dio importancia. Pensaba que sentirse cansado, tenso o preocupado era parte de la vida adulta. Vivía con una presión constante en el pecho, pero la normalizó. Dormía mal, se despertaba muchas veces por la noche y por la mañana se sentía agotado. Aun así, seguía adelante. “Ya se me pasará”, se repetía.
Con el tiempo, su cuerpo empezó a enviar señales más claras. Dolores de estómago casi diarios, problemas digestivos, contracturas en el cuello y la espalda. A veces sentía mareos y una sensación extraña, como si algo malo fuera a pasar. Fue al médico y le dijeron que podía ser colon irritable, que intentara relajarse. Le recetaron pastillas para los nervios y para dormir. Juan pensó que eso era la solución, pero ya os digo que ahora mismo la ansiedad, es uno de los principales problemas que tenemos los españoles.
Durante un tiempo, las pastillas parecieron que era la mejor ayuda, pero el malestar seguía ahí, no se iba. Su vida era siempre en alerta. Se acostumbró tanto a esa sensación que ya no recordaba cómo era vivir tranquilo, y eso ya os digo que es muy molesto.
Un día, mientras iba al trabajo y eso que estaba cerca, sintió que le faltaba el aire, y esto es algo que siempre es la principal molestia. El corazón le latía a mil por hora, como si hubiera montado en una montaña rusa, y pensó que le iba a pasar algo grave. Fue su primer ataque de pánico. Ese día marcó un antes y un después. El miedo se instaló en su vida y era una constante.
En este caso, Juan no entendía qué pasaba en su cuerpo. No hablaba de ello con nadie, porque, y esto es otro problema, pensaba que no le iban a entender. Vivía con ansiedad sin saber que eso era lo que le ocurría. Esto es “estar mal”.
Fue su pareja quien le sugirió ir a una psicóloga especializada en ansiedad. Al principio, Juan dudó. Pensaba que ya tomaba medicación y que eso debía ser suficiente. Pero algo dentro de él sabía que necesitaba algo más. Así que pidió cita.
Desde la primera sesión, Juan sintió algo diferente. La psicóloga Soraya Sánchez le dijo una frase que le quedó para siempre: “la ansiedad no era su enemiga, es una emoción con una función: protegernos del peligro”. Le hizo entender que todos poder sentir en nuestra vida la ansiedad en ciertos momentos y que eso es normal. El problema aparece cuando esa ansiedad se mantiene en el tiempo y se vuelve constante, sin que exista un peligro real.
Juan comprendió que llevaba años viviendo con estrés prolongado. Su cuerpo estaba cansado de estar siempre en alerta. Los síntomas físicos no eran imaginarios, eran reales, y estaban relacionados con su sistema nervioso. Por primera vez, alguien le ayudaba a entender lo que le pasaba desde la raíz.
En terapia
En terapia, Juan aprendió a escuchar su cuerpo, a identificar sus pensamientos y a entender cómo la necesidad de control alimentaba su ansiedad. Se dio cuenta de que vivía siempre en el futuro, anticipando problemas que aún no existían. Poco a poco, aprendió herramientas para regular su estrés y su ansiedad, sin juzgarse.
La psicóloga le explicó que la ansiedad no se cura solo con pastillas. La medicación puede ayudar en algunos casos, pero no enseña a manejar lo que ocurre por dentro. El verdadero cambio viene al comprender los patrones, trabajar las emociones y aprender nuevas formas de afrontar la vida.
El proceso no fue rápido ni fácil. Hubo días buenos y días malos. Y de esta manera, es como nuestro protagonista de la historia empezó a recuperar cosas que había perdido. Por ejemplo, comenzó a dormir mejor, a disfrutar de momentos que antes no hacía, sentirse más feliz. Aprendió que no tenía que vivir siempre en tensión y que pedir ayuda no era un signo de debilidad.
Porque la ansiedad no es solo algo que se tapa con pastillas. Es algo que se comprende, se trabaja y se transforma desde dentro, pero siempre nos tenemos que poner en manos de profesionales.