Todos hemos tenido ese grupo de amigos con el que empezamos a salir cuando éramos más jóvenes. Llega el viernes o el sábado, alguien manda un mensaje al grupo y en cinco minutos ya hay plan. “¿Salimos esta noche?”. Y claro, nadie dice que no. Empieza la típica noche de música, risas, bares llenos de gente y esa sensación de que el mundo es enorme, ¡y la noche todavía más! En ese momento solo importa divertirse, nada más, nadie está pensando en el trabajo del lunes, ni en la salud, ¡ni mucho menos en los dientes!
Las primeras copas llegan rápido. Siempre aparece el típico amigo que dice “una y nos vamos”, pero todos sabemos que eso no pasa nunca. Una copa se convierte en dos, luego en tres… y cuando te das cuenta ya estás brindando otra vez porque alguien del grupo ha dicho algo gracioso o porque la música ha cambiado y hay que celebrarlo. Todo parece completamente normal, y forma parte del plan.
Mientras tanto, en casa, los padres repiten las frases de siempre. “No bebáis demasiado”, “Cuidad la salud”, “Todo pasa factura”. En ese momento esas frases parecen exageradas y nos suenan como el típico discurso de alguien que no entiende lo bien que lo estamos pasando. Lo único que se piensa es que están siendo un poco pesados.
Lo curioso es que con los años empiezan a aparecer pequeños detalles que antes no estaban: sensibilidad en los dientes, manchas que no se van, alguna caries inesperada. Y de repente esa voz vuelve a la cabeza con una frase muy clara: “Joder… qué razón tenían”. Porque muchas de aquellas noches tan normales también estaban dejando huella en algo en lo que nadie pensaba: los dientes.
El alcohol seca la boca, y eso ya empieza a crear problemas
Una de las primeras cosas que provoca el alcohol es algo que casi todo el mundo ha sentido alguna vez: la boca seca. Seguro que alguna vez te has despertado después de salir de fiesta con la boca completamente pastosa, como si hubieras estado respirando arena durante toda la noche: lengua pegajosa, garganta rara y una necesidad enorme de beber agua. Ese efecto es muy típico después de beber.
El motivo es bastante sencillo: el alcohol reduce la producción de saliva, y la saliva tiene un papel muy importante dentro de la boca, aunque casi nadie piense en ella: ayuda a limpiar los restos de comida, neutraliza ácidos y protege los dientes frente a las bacterias que viven en la boca.
Cuando hay menos saliva, las bacterias empiezan a acumularse, se alimentan de restos de azúcar y producen ácidos que atacan el esmalte dental, así que es como si el alcohol quitara uno de los sistemas de defensa naturales que tienen los dientes.
Además, durante una noche de fiesta este efecto se vuelve todavía más fuerte. Se bebe alcohol, se mezclan bebidas dulces, se habla mucho, se fuma en algunos casos y casi nadie se acuerda de beber agua. En consecuencia, la boca esté seca durante muchas más horas.
Cuando llegas a casa, muchas veces lo único que apetece es dormir, sobre todo cuando acabas de beber, pero esas bacterias te perjudican los dientes durante toda la noche y, aunque no se note en ese momento, ese proceso repetido muchas veces termina pasando factura.
Las bebidas alcohólicas dulces son un festín para las bacterias
Otro detalle que mucha gente no tiene en cuenta es la enorme cantidad de azúcar que tienen muchas bebidas alcohólicas. Solo pensamos en el alcohol cuando pensamos en beber, pero es que hay combinados con azúcar que son incluso más perjudiciales que una buena cerveza. Por ejemplo, cócteles, licores dulces, combinados con refrescos, bebidas energéticas mezcladas con alcohol… todo eso suele tener bastante azúcar, y el azúcar es literalmente la comida favorita de las bacterias que viven en la boca.
¿Por qué pasa esto? Porque las bacterias se alimentan del azúcar y producen ácidos. Esos ácidos atacan el esmalte dental y, si ese ataque ocurre una vez, la saliva puede ayudar a equilibrar la situación. Pero, cuando ocurre muchas, MUCHAS veces durante la misma noche… el esmalte empieza a debilitarse.
Cuando salimos de noche con los colegas, esto pasa casi cada vez que quedáis, porque cada vez que tomas un trago, vuelves a introducir azúcar en la boca, las bacterias vuelven a activarse y el proceso empieza otra vez. Y así durante horas. Pero el problema no es solo una bebida puntual, el problema es la repetición constante durante toda la noche, porque ese ciclo continuo de azúcar y ácido es el entorno perfecto para que aparezcan caries.
Lo curioso es que cuando eres joven nadie está pensando en bacterias ni en esmalte, solo se piensa en el siguiente brindis o en la próxima canción que va a sonar.
El ácido del alcohol desgasta el esmalte poco a poco
El esmalte es la capa más externa del diente: es duro, muy resistente y está diseñado para proteger la parte interna del diente… pero, bueno, tampoco es invencible y, cuando le hacemos daño a menudo con sustancias ácidas, empieza a pasarle factura.
Una bebida ácida genera una pequeña agresión química al esmalte. Normalmente la saliva ayuda a equilibrar el pH de la boca después de un rato, pero cuando se bebe durante varias horas seguidas ese equilibrio tarda mucho más en recuperarse.
Con el tiempo, te aparece la sensibilidad dental al frío o al calor, y eso que antes no esaba. ¿De dónde demonios ha salido? Bueno, pues te lo explico yo: eso suele indicar que el esmalte se ha ido desgastando a consecuencia del azúcar y del ácido que le has ido metiendo casi a diario.
El alcohol, por cierto, también te cambia el color de los dientes, porque cuando el esmalte se vuelve más fino, la dentina que está dentro se vuelve más visible. Y la dentina tiene un tono más amarillento.
Nade de esto ocurre de un día para otro, pero esas pequeñas agresiones repetidas, sobre todo por la bebida, terminan acumulándose y pasando factura.
Las manchas en los dientes también tienen mucho que ver con el alcohol
El vino tinto es uno de los ejemplos más claros, porque contiene pigmentos oscuros que se adhieren con mucha facilidad al esmalte dental. Si el esmalte está desgastado o tiene pequeñas irregularidades, se fija todavía con más facilidad.
Además, algunos licores oscuros, ciertos cócteles y bebidas con colorantes también dejan residuos de pigmentos en los dientes. Y, cuando esto ocurre muy a menudo, los dientes se ven más amarillos o se ponen más oscuros.
A veces miramos fotos antiguas y vemos que teníamos los dientes más blancos, en comparación con cómo los tenemos ahora. Y nos preguntamos, ¿qué demonios ha pasado? ¿Por qué tengo ahora los dientes amarillos, si me los lavo? Te los lavas, sí… pero también le atacas cada vez que bebes o comes algo que es muy perjudicial para ellos, así que tenlo en cuenta.
Las manchas no siempre indican un problema grave, pero muestran que los dientes han estado expuestos durante mucho tiempo a sustancias que los pigmentan. Muchas de esas manchas se pueden eliminar con limpiezas profesionales, pero siempre resulta mejor evitar que se acumulen demasiado desde el principio. Es decir, ¿no es mejor evitar que aparezcan, antes que tener que hacerles frente después?
Consecuencias de beber alcohol en los dientes
Cuando se juntan todos estos factores —sequedad, azúcar, acidez y pigmentos— se ven consecuencias más feas en la salud dental. Para empezar, el alcohol puede favorecer la aparición de caries, aumentar la sensibilidad dental y provocar manchas visibles en los dientes.
Durante la juventud casi nadie piensa en estas cosas, porque las noches de fiesta parecen algo completamente normal que no va a tener consecuencias… pero el problema aparece cuando esos hábitos se repiten durante años. Primero nos molesta beber algo frío. Después, nos empieza a doler un diente y vemos que tenemos una caries. Más adelante, notas que tus dientes se han vuelto más amarillos, y ni siquiera sabes por qué.
Los expertos de la clínica dental Dental Médica añaden, además, una consecuencia extra: el alcohol también puede favorecer la inflamación de las encías si se combina con una higiene oral descuidada durante mucho tiempo. O sea, que si combinas alcohol con poca higiene, también se te inflaman las encías, un 2×1. Por eso muchos dentistas insisten en que el problema no es una noche puntual de fiesta, es la repetición constante de ciertos hábitos durante muchos años.
Beber agua entre copas puede ayudar más de lo que parece
Hay un consejo muy simple que mucha gente empieza a aplicar con los años: alternar alcohol con agua. Puede parecer algo sin importancia, pero en realidad tiene varios efectos positivos para los dientes.
El primero es bastante evidente: el agua ayuda a mantener la boca hidratada. Si el alcohol seca la boca y reduce la saliva, el agua ayuda a compensar un poco ese efecto. No es una solución perfecta, pero reduce bastante la sensación de sequedad.
Además, el agua ayuda a arrastrar restos de azúcar y ácido que quedan en la boca después de cada bebida. Cuando tomas un trago de agua, parte de esos residuos se eliminan y el entorno dentro de la boca se vuelve menos agresivo para los dientes.
También tiene otro efecto interesante: beber agua entre copas hace que el ritmo de consumo de alcohol sea más lento. Eso significa menos exposición continua al alcohol y al azúcar.
Muchas personas empiezan a hacerlo simplemente para evitar la resaca del día siguiente, pero indirectamente también están ayudando a sus dientes. No cambia completamente el impacto del alcohol, pero reduce la intensidad del ataque a los dientes durante una noche de fiesta.
Cepillarse los dientes antes de dormir cambia mucho la situación
Después de una noche larga, lo último que apetece es que nos tengamos que poner delante del espejo con un cepillo de dientes, porque estamos cansados, con sueño y con ganas de meternos directamente en la cama. Pero ese momento es uno de los más importantes para la salud dental, aunque no te lo plantees en ese justo momento.
Durante toda la noche se han acumulado restos de azúcar, bacterias y ácidos en la boca y, si no se eliminan antes de dormir, se quedan ahí durante horas.
- Cuando dormimos producimos menos saliva. O sea, que las bacterias tienen el entorno perfecto para seguir perjudicándote y, si hay azúcar y restos de bebidas en la boca, todavía más peligroso, porque encima las alimentas.
- Un cepillado elimina gran parte de esos restos, y puede ayudarte un montón con el paso del tiempo.
- Muchos dentistas coinciden en lo mismo: muchas caries relacionadas con el alcohol no aparecen solo por beber, sino por no limpiar los dientes después.
Ese cepillado nocturno elimina residuos, reduce bacterias y deja la boca en mejores condiciones para pasar toda la noche.
Reducir los combinados más azucarados ya es un gran paso
Muchos de los combinados que se beben cuando se sale de fiesta llevan bastante azúcar.
-Por ejemplo, los refrescos, las bebidas energéticas o las mezclas dulces hacen que cada copa tenga mucho más azúcar del que parece. Ese azúcar se queda en la boca y las bacterias lo usan para producir ácidos que atacan los dientes.
Si se reducen ese tipo de bebidas, los dientes tienen menos azúcar y menos ácido, o sea que el esmalte está más protegido durante la noche. No, no te estoy diciendo que dejes de salir o de beber, pero sí que elijas bebidas menos dulces o que bebas con un poco más de control. O que, al menos, te laves los dientes cuando llegues a casa y antes de dormir.
Eso ya reduce bastante el impacto que el alcohol y el azúcar tienen en los dientes. Y además, todo el cuerpo lo agradece.
Cuidar los dientes ahora evita sorpresas en el futuro
Cuando eres joven parece que todo lo relacionado con la salud está muy lejos, y las revisiones médicas, los dentistas o los problemas dentales parecen muy molestas o casi a las que no hacerles cuenta. Pero los dientes funcionan así: todo lo que haces hoy, se va a acumular con el tiempo, y los hábitos diarios van a decirte cómo van a ser tus dintes mañana.
Salir de fiesta con amigos, beber algo y reírse durante horas… todo eso forma parte de la vida de muchísima gente, y no es malo en sí mismo, nadie dice que no se pueda disfrutar de esos momentos. El problema es que ciertos hábitos se hacen muchos años sin mirar sus efectos, porque todo repercute en tus dientes después.
Y llega un día en el que recuerdas aquellas frases que te repetían en casa cuando eras más joven, esas frases que parecían exageradas empiezan a tener mucho más sentido. Entonces sonríes un poco, miras tus dientes en el espejo y piensas algo que casi todo el mundo acaba diciendo alguna vez: “Joder… qué razón tenían”.
Porque muchas veces, aunque no nos gustara escucharlo en su momento, sí que la tenían.