Implantes dentales: la tecnología al servicio del bienestar oral

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Los implantes de última generación son piezas de ingeniería biomédica, diseñadas para integrarse con el organismo y lograr que el paciente recupere la calidad de su vida cotidiana. Sin embargo, para que estos tratamientos resulten exitosos, dependen de la forma en que se pueda adaptar la tecnología a cada caso en particular, teniendo en cuenta que no todos los organismos son iguales. Por eso, antes de iniciar un tratamiento, es aconsejable entender qué ocurre dentro del hueso cuando se coloca el implante y qué condiciones deben darse para que el proceso funcione.

 

La osteointegración

En términos simples, un implante dental es una raíz artificial que se inserta en el hueso maxilar o mandibular y se fabrica, habitualmente, con titanio o materiales cerámicos como el zirconio. El proceso que se lleva a cabo para realizar esta implantación se llama osteointegración. Su funcionamiento se basa en hacer que el hueso crezca alrededor del implante y lo fije de forma permanente, permitiéndole soportar la misma carga que una raíz natural. Gracias a este fenómeno biológico, el implante tiene una base sobre la cual sostenerse.

De todas formas, para que esto ocurra correctamente, los materiales deben cumplir con ciertas normativas vigentes para los productos sanitarios. En este sentido, la trazabilidad de los componentes cumple un papel importante para garantizar que los materiales son biocompatibles y que no generarán reacciones adversas, a la vez que podrán resistir el paso de los años. Aunque parezca un tecnicismo, es importante recordar que un implante fabricado con aleaciones certificadas es lo que diferencia a un tratamiento que durará décadas de uno que posiblemente falle antes de tiempo.

 

¿Todo el mundo puede ponerse implantes?

Esta es una pregunta frecuente entre los pacientes y la respuesta concreta es que no, ya que depende de cada caso en particular. Por esa razón, antes de pensar en la cirugía, es necesario realizar los estudios clínicos correspondientes para evaluar tanto la boca como el estado de salud general de la persona. Como primer paso, Blanc Clinic explica que la revisión del historial médico es determinante para ver si existen patologías concretas que puedan cambiar por completo el escenario. La diabetes no controlada, por ejemplo, compromete la respuesta del organismo frente a posibles infecciones y puede dificultar la cicatrización. En el caso de los tratamientos con anticoagulantes o bifosfonatos también se requiere una valoración específica, ya que pueden interferir en la coagulación y en la calidad de la integración ósea. Además, un factor que no debe pasarse por alto es la edad. Hay que tener en cuenta que los implantes solo pueden colocarse una vez que el crecimiento de los maxilares haya finalizado, lo que suele ocurrir entre los 18 y los 25 años. Desde el portal especializado Infomed se añade al tabaquismo como otro elemento determinante. Allí se explica que fumar reduce el riego sanguíneo en la encía y suele ser una de las causas más frecuentes de fracaso en la osteointegración. A esto se suma la evaluación de la densidad ósea mediante pruebas de imagen, que permite determinar si el paciente necesita un injerto previo o una técnica de elevación de seno maxilar antes de proceder.

 

El implante no se cuida solo

La idea de que, como el implante es artificial, no necesita los mismos cuidados que un diente natural, es un error bastante común. Hay que recordar que el implante está sujeto por tejidos naturales, que son parte del organismo real de la boca. Si se descuida su higiene, puede aparecer la periimplantitis, que es una enfermedad inflamatoria que deteriora el hueso y la encía alrededor de la fijación.

Como el implante, a diferencia de un diente natural, no cuenta con ligamento periodontal, resulta ser mucho más vulnerable a la acumulación de bacterias en caso de no mantener una rutina de higiene rigurosa.

La Sociedad Española de Cirugía Bucal (SECIB) advierte en sus protocolos clínicos que el diagnóstico de estas patologías es fundamental para evitar el fracaso del implante. Si una boca presenta focos infecciosos activos, el entorno que va a rodear a la prótesis va a tener un riesgo alto de afectarla. Por esta razón, las revisiones periódicas, las limpiezas profesionales y mantener una higiene interdental correcta son parte fundamental del tratamiento.

 

Tecnología que cambia la experiencia del paciente

Gracias a los avances tecnológicos, que dieron lugar a la radiología digital, se ha transformado la forma para planificar y llevar adelante una cirugía de implantes. Con la Tomografía Computarizada de Haz Cónico (CBCT) se puede obtener una imagen tridimensional de la boca, lo que permite al cirujano medir con exactitud la altura del hueso disponible y localizar estructuras anatómicas sensibles antes de intervenir.

Con estos avances, se logra una cirugía más precisa y mucho menos invasiva. En muchos casos se puede realizar sin necesidad de sutura, y el postoperatorio es notablemente más llevadero, con menos inflamación y menos molestias para el paciente. Gracias a la tecnología actual, el miedo a estas operaciones deja de tener sentido, ya que se ha reducido de forma considerable tanto el tiempo en el sillón como la recuperación posterior.

 

Recuperar algo más que los dientes

Un implante bien colocado no solo restaura la función masticatoria, también frena la reabsorción ósea que ocurre cuando desaparece una raíz, preserva la estructura facial y evita el envejecimiento prematuro del rostro, que suele afectarse por la pérdida dental.

Por esto, recuperar la firmeza en la mordida es recuperar la libertad, tanto para comer como para reírse sin estar pendiente de lo que los demás ven. Estos son cambios que no aparecen en ninguna estadística clínica, pero que los pacientes suelen destacar. Y eso, en el fondo, es exactamente lo que un buen implante debería conseguir.

 

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