Un masaje es lo que necesitamos para reponernos del desgaste diario.

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Masaje relajante

Reservar un tiempo para darnos un masaje puede resultar lo más útil que podemos hacer para recuperarnos del agotamiento físico y mental que nos provoca la vida diaria. Una sesión de masaje nos devuelve a la rutina con las energías renovadas y con una lucidez mental que nos permite encarar los retos de otra manera.

Durante mucho tiempo hemos visto los masajes como una actividad terapéutica dirigida a los deportistas o a personas con alguna dolencia física. O un capricho reservado para unos pocos, pero lo cierto es que, con el ritmo de vida tan estresante que llevamos, el masaje se ha convertido en un bálsamo recomendable para la gran mayoría de la población.

Como señala Byung-Chul Han, el filósofo más leído de nuestro tiempo, autor del libro “La sociedad del cansancio”, la productividad se ha convertido en el leitmotiv del hombre moderno. Tenemos la necesidad de estar haciendo cosas todo el día, de sentirnos productivos. Si por un momento destinamos tiempo a descansar o a relajarnos, pensamos que estamos perdiendo el tiempo; incluso podemos llegar a sentirnos culpables. El estilo de vida que llevamos deja en nosotros graves secuelas físicas y psicológicas.

Por eso cada vez hay más psicólogos, psiquiatras, médicos, profesionales de la salud que inciden en lo importante que es aprender a parar. A decir no. A escuchar las señales que nos envía nuestro cuerpo. Por esta razón, prácticas y disciplinas que se movían en el plano espiritual, contemplativo o hedonista, como la meditación, el yoga o los masajes, están siendo reivindicadas por la comunidad sanitaria para actuar como contrapeso a la erosión que nos provoca la vida moderna.

En gran medida trabajamos para los demás, vivimos para dar. Ha llegado el momento de reservarnos un poco de tiempo para recibir.

El agotamiento físico.

Es indudable que el conjunto de la sociedad hemos ganado en calidad de vida. Que gran parte de los trabajos más físicos los realizamos asistidos por máquinas, o los realizan las máquinas directamente. Incluso la agricultura, la minería, la construcción o la manufactura están mecanizadas en gran parte. La gran mayoría de la población trabaja en el sector servicios, que es físicamente menos exigente y, sin embargo, el agotamiento físico sigue presente entre nosotros. La revista Mtb y más lo define como el declive silencioso del hombre moderno.

No es que hagamos actividades físicas de alto impacto, sino que son una suma de pequeñas renuncias que se van acumulando en nuestro cuerpo como si fueran los intereses de una tarjeta de crédito, hasta que llega un momento en que la deuda se vuelve difícil de pagar.

Todo esto se da en combinación con la propia dinámica del cuerpo humano. A partir de los 35 años, el hombre, y también la mujer, pierden masa muscular. A partir de los 50 años, esa disminución de la masa muscular y de densidad ósea se produce de manera más acentuada. Entre los 60 y 65 años aparecen problemas de salud, debido al deterioro natural de los aparatos del cuerpo.

A los 20 años pensamos que somos invencibles; en la década de los 30 aparecen señales sutiles a las que restamos importancia (menos músculo, más grasa, más tiempo para recuperarnos de actividades que antes hacíamos de manera natural); a los 50 las señales se convierten en síntomas y a los 60 los síntomas son enfermedades.

El cuerpo lo vamos demoliendo con pequeñas renuncias que vamos realizando poco a poco. La primera de ellas es la disminución del tiempo de sueño. Cada vez dormimos menos. Bien porque tenemos muchas cosas que hacer o porque las preocupaciones nos quitan el sueño.

La segunda renuncia es que adoptamos un estilo de vida más sedentario. Practicamos menos actividad física. El hecho de que salgamos a hacer deporte el sábado por la mañana no contrarresta que pasemos el resto de la semana sentados en una oficina o moviéndonos de un sitio a otro con el coche. Si no ejercitamos los músculos, el cuerpo se acostumbra al letargo. Una situación de pasividad por la que cualquier ejercicio físico normal, como subir unas escaleras, nos produce cansancio.

La tercera renuncia, y no por ello la menos significativa, es la reducción de tiempo que dedicamos a cuidarnos y a recuperarnos. No a dormir. Sino que nuestros músculos entren en reposo.

El agotamiento mental.  

La dinámica de la vida moderna y la forma que tenemos de encajar en ella nos producen un agotamiento intelectual que era menos frecuente en épocas pasadas. Contraemos una gran cantidad de compromisos y tenemos que prestar atención a varias áreas al mismo tiempo. Una actividad que indudablemente nos provoca cansancio mental.

Un ejemplo claro es el papel de la mujer en la sociedad moderna. En una organización social a la que la mujer se ha integrado en condiciones desiguales, como si empezara la carrera en la segunda línea de la parrilla de salida, tiene que demostrar que es una buena profesional, encargarse de los niños, supervisar el hogar, ofrecer una imagen impecable y, para colmo, demostrar que es una buena amante y compañera.

El papel del hombre, aunque mejor parado que el de la mujer, no está exento de responsabilidades. Quiere seguir siendo el cabeza de familia, el responsable último de la unidad familiar, aunque lo ejerza de manera más democrática; tiene que llevar el sustento a los suyos, lo que le obliga a esforzarse en el terreno laboral; y tiene que ocupar un papel destacado en las relaciones con los otros hombres, posicionamiento social.

Esta dinámica, tanto en hombres como en mujeres, genera con frecuencia una serie de ideas rumiantes, que pululan todo el tiempo en nuestra cabeza y que terminan por agotarnos.

Señala la revista Mundiario que el cerebro moderno no descansa. Está recibiendo continuamente notificaciones, información, estímulos, multitasking (hacer varias cosas al mismo tiempo) que coloca al cerebro en un estado de alerta permanente que provoca fatiga mental crónica.

El estado normal del hombre actual es el estrés permanente. A veces, estrés agudo crónico. Un trastorno que está tipificado en los manuales de salud mental. El estrés agudo es una respuesta del cuerpo ante una exigencia puntual que nos sobrepasa. En los hechos, en la vida moderna, el nivel de exigencia es continuo. Porque así nos lo dicta el trabajo, porque viene derivado de nuestras responsabilidades asumidas o, sencillamente, por nuestro nivel de autoexigencia.

La fatiga mental tiene efectos físicos. Se elevan los niveles de cortisol, se acelera el ritmo cardiaco, aparecen dolores estomacales, contracturas musculares, se pueden hacer frecuentes los episodios de cefalea y experimentamos un abatimiento físico que nos dificulta realizar determinadas tareas.

Necesitamos un masaje.  

Para reponernos de esta dinámica necesitamos un espacio de tiempo, aunque sea corto, que relaje nuestros músculos y al mismo tiempo nos permita una desconexión mental. Esta sensación sanadora nos la proporciona el masaje.

El masaje no cura el agotamiento crónico. Para abordar este problema de raíz, tendríamos que cambiar de estilo de vida. Pero crea un paréntesis en nuestra rutina habitual que nos permite recuperarnos de sus efectos perniciosos.

Las masajistas de Trébol Masajes, un centro de masajes ubicado en el barrio de Salamanca de Madrid, señalan que el masaje crea un estado de relajación física y mental que favorece la desconexión de la rutina diaria al tiempo que facilita que los músculos se liberen de la tensión acumulada.

Con independencia del tipo de masaje que recibamos, los movimientos del masajista van a lograr que se relajen nuestros músculos. Al mismo tiempo, el placer y el descanso que nos provoca esa relajación van a conseguir que nuestra mente no piense en nada. Solo en disfrutar de las sensaciones que está experimentando nuestro cuerpo. Que seamos conscientes del momento actual, de lo que estamos viviendo. Lo que los teóricos del mindfulness y de las terapias orientales llaman consciencia plena, vivir el aquí y el ahora. Algo que se consigue de manera natural en una sesión de masajes, sin que exista una pretensión terapéutica planificada, aunque a veces la hay. Pero digamos que en este caso se produce por la propia dinámica del masaje.

En los centros de masaje todo está orientado a la relajación. La decoración de la sala, la luz tenue, la música suave, los movimientos acompasados del masajista. El masaje no nos proporciona todo el tiempo de descanso que necesitaríamos, pero sí lo hace de una manera concentrada. De ahí el efecto revitalizador que tiene.

Los beneficios físicos del masaje. 

Vamos a verlo más en concreto. Estos son algunos efectos que sobre nuestro cuerpo tiene una sesión de masaje:

  1. Alivio de la tensión muscular. El masaje ayuda a relajar músculos que permanecen contraídos o sobrecargados, especialmente después de realizar ejercicio, mantener la misma postura durante mucho tiempo o someter determinadas zonas del cuerpo a un esfuerzo repetitivo.
  2. Mejora de la circulación sanguínea. Las diferentes técnicas de masaje favorecen el flujo sanguíneo en aquellas partes del cuerpo donde se está practicando el masaje. Esto contribuye a mejorar la llegada de oxígeno y nutrientes a las células del cuerpo.
  3. Reducción de molestias y dolores. Un masaje puede ser útil para aliviar algunas molestias musculares y articulares, como las relacionadas con sobrecargas, rigidez o tensión acumulada. La presión y los movimientos aplicados sobre los tejidos disminuyen la sensación de dolor y mejoran el confort físico.
  4. Mayor flexibilidad. Al trabajar sobre músculos y tejidos blandos, el masaje reduce la rigidez y facilita el movimiento de músculos y articulaciones.
  5. Favorece la recuperación física. Después de determinados esfuerzos, un masaje puede complementar los procesos de recuperación muscular. Al favorecer la relajación de los tejidos y mejorar temporalmente la circulación sanguínea periférica, produce una agradable sensación de bienestar.

Beneficios mentales.

Aunque los hemos señalado, vamos a recapitular los beneficios mentales del masaje.

  1. Reduce el estrés. El masaje proporciona un espacio de desconexión de las obligaciones cotidianas y favorece un estado de relajación mental. La sensación de calma durante la sesión puede resultar especialmente beneficiosa para personas que viven sometidas a un ritmo de vida exigente.
  2. Favorece la sensación de bienestar. El contacto corporal y el ambiente tranquilo de una sesión de masaje pueden generar una sensación general de confort y bienestar. Algo que, sin duda, va a mejorar nuestro estado de ánimo.
  3. Desconexión mental. Durante un masaje, la persona deja temporalmente la mente en blanco o al menos se desentiende de preocupaciones, tareas pendientes y estímulos externos. Esta pausa resulta útil para romper con la actividad mental constante y dedicar un tiempo exclusivamente al descanso.
  4. Mejora la calidad del sueño. Al facilitar un estado de relajación, el masaje puede ayudar a algunas personas a conciliar el sueño con mayor facilidad. Una menor activación y una sensación de tranquilidad después de la sesión pueden favorecer una transición más sencilla hacia el sueño.
  5. Favorece la conexión con el propio cuerpo. El masaje también ayuda a prestar mayor atención a las sensaciones corporales. Esta percepción permite identificar zonas donde se acumula tensión, así como otras cuya manipulación nos produce alivio, y tomar conciencia, de esta manera, de cómo el ritmo de vida y las emociones pueden verse reflejados físicamente.

Aprender a cuidarnos sin reparos.

Someternos a una sesión de masaje es una decisión consciente y activa por cuidarnos. Algo por lo que no debemos sentirnos culpables. Para determinadas acciones que adoptamos en pro de llevar un estilo de vida más saludable, como inscribirnos en un gimnasio o seguir una dieta más sana, no tenemos miedo de prodigarlo a los cuatro vientos. Sin embargo, cuando se trata de recibir masajes con cierta asiduidad, todavía hay gente que lo oculta o lo menciona con la boca pequeña.

Puede que sea por el qué dirán. Parece que darse un masaje es un capricho de gente hedonista. Puede que sea un capricho, pero no nos viene mal darnos un capricho de vez en cuando. Si nosotros no nos mimamos, ¿quién lo va a hacer?

Por otro lado, parece que está mal visto dedicarnos tiempo a nosotros mismos. Un tiempo de autocuidado, que, como hemos visto, cada vez es más necesario.

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