Los cimientos invisibles de nuestro cuerpo: por qué el suelo pélvico es tan importante y qué ocurre cuando se debilita

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El suelo pélvico es una estructura que puede pasar desapercibida hasta que aparecen molestias o cambios en alguna de las funciones en las que participa. Está formado por músculos y tejidos que se encuentran en la parte inferior de la pelvis y que ayudan a sostener órganos como la vejiga, el útero y el recto. También interviene en el control de la orina y las heces, en la función sexual y en la estabilidad de la zona pélvica.

Podría compararse con los cimientos de una vivienda: no están a la vista y rara vez pensamos en ellos cuando todo funciona con normalidad, pero desempeñan una función esencial para mantener la estructura. En el caso del cuerpo, además, el suelo pélvico está sometido a cambios y esfuerzos a lo largo de la vida. El embarazo y el parto, el envejecimiento, determinados deportes, el estreñimiento crónico o simplemente una alteración de la musculatura pueden influir en su funcionamiento.

Cuando esta estructura pierde fuerza, coordinación o capacidad para relajarse correctamente, pueden aparecer síntomas como pérdidas de orina, sensación de peso o presión en la pelvis, molestias durante las relaciones sexuales o dificultades para controlar las deposiciones. No siempre se habla de ellos con naturalidad, y algunas personas llegan a asumirlos como una consecuencia inevitable de la edad o de haber tenido hijos.

Sin embargo, muchas de estas alteraciones pueden valorarse y tratarse. Conocer cómo funciona el suelo pélvico, qué factores pueden afectarlo y qué señales indican que conviene consultar a un profesional permite prestar atención a una zona del cuerpo que, aunque normalmente permanece en segundo plano, tiene un papel importante en la salud y en la calidad de vida.

Una estructura mucho más solicitada de lo que parece

 

El suelo pélvico es un conjunto de músculos, ligamentos y fascias que se extiende como una especie de hamaca en la parte baja de la pelvis, sujetando los órganos pélvicos y controlando esfínteres tan importantes como el urinario y el anal. Trabaja de forma constante, sin que seamos conscientes de ello, cada vez que tosemos, reímos, estornudamos, levantamos peso o simplemente estamos de pie, se genera una presión hacia abajo dentro del abdomen. Cuando esta estructura funciona correctamente, ni siquiera notamos que existe; el problema aparece cuando, por distintos motivos —el embarazo y el parto, el envejecimiento, ciertos deportes de alto impacto, el estreñimiento crónico o algunas cirugías—, esos «cimientos» empiezan a debilitarse o a perder su capacidad de sostén.

Los expertos de la Clínica Rafael Guerra explican que el 30% de las mujeres sufre disfunciones relacionadas con el piso pélvico, lo que puede afectar de forma significativa a la calidad de vida tanto en mujeres como en hombres, provocando incontinencia, dolor durante las relaciones sexuales, prolapsos o estreñimiento. Y añaden un matiz especialmente importante, todavía poco conocido fuera del ámbito médico: las afectaciones pélvicas no se limitan a las mujeres que han tenido hijos, sino que también pueden afectar a hombres e incluso a niños, ampliando notablemente el perfil de personas que deberían prestar atención a esta parte del cuerpo, tradicionalmente asociada casi en exclusiva a la maternidad.

Una grieta que aparece en distintos momentos de la vida

 

Siguiendo con la metáfora de los cimientos, conviene entender que el suelo pélvico no se debilita de la misma manera ni en el mismo momento para todo el mundo. En las mujeres, el embarazo y el parto suponen uno de los mayores desafíos que esta estructura tiene que soportar a lo largo de la vida, debido al peso sostenido durante meses y al propio proceso del parto vaginal, aunque las disfunciones también pueden aparecer, y de hecho aparecen, en mujeres que nunca han tenido hijos, especialmente si practican deportes de alto impacto de forma habitual. La Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia, a través de su sección especializada en suelo pélvico, recuerda que estas disfunciones engloban un abanico amplio de trastornos —incontinencia urinaria y fecal, prolapso de órganos pélvicos, alteraciones del vaciado urinario, disfunciones defecatorias y disfunciones sexuales— que en conjunto representan uno de los problemas de salud pública más relevantes en una sociedad que, además de vivir más años, aspira a mantener la calidad de vida durante todo ese tiempo.

En los hombres, la conversación sobre el suelo pélvico suele llegar mucho más tarde, en parte porque el propio problema está peor identificado socialmente. Sin embargo, distintos estudios recientes sobre dolor pélvico crónico en hombres han encontrado que un porcentaje muy notable de quienes lo padecen presenta también algún tipo de disfunción sexual asociada, ya sea disfunción eréctil o eyaculación precoz, síntomas que con frecuencia se atribuyen erróneamente al estrés, a la edad o a problemas exclusivamente prostáticos, retrasando un diagnóstico que podría abordarse desde la propia musculatura pélvica.

Y en los niños, aunque se hable todavía menos de ello, ciertas alteraciones en el control de esfínteres o en el hábito intestinal pueden estar relacionadas con un desarrollo o una coordinación inadecuada de esta misma musculatura, lo que demuestra que el suelo pélvico no es, en absoluto, un asunto exclusivo de la edad adulta ni de un único sexo.

Por qué una «grieta» en el suelo pélvico afecta a todo el edificio

 

Cuando los cimientos de una casa ceden, las consecuencias rara vez se quedan confinadas al sótano: aparecen grietas en plantas superiores, puertas que dejan de encajar, suelos que se hunden ligeramente en algunos puntos. Algo parecido ocurre cuando el suelo pélvico deja de funcionar con normalidad. La incontinencia urinaria, uno de los síntomas más frecuentes, no solo supone una molestia física, sino que con frecuencia lleva a quienes la sufren a evitar actividades sociales, deportivas o incluso laborales por miedo a un episodio inesperado. El dolor durante las relaciones sexuales, otro de los síntomas habituales, puede deteriorar la vida de pareja y la propia relación de la persona con su cuerpo. Y el prolapso de órganos pélvicos, en sus formas más avanzadas, puede llegar a requerir intervención quirúrgica si no se aborda a tiempo con las herramientas conservadoras disponibles, como la fisioterapia especializada.

Estas consecuencias explican por qué, a diferencia de lo que ocurre con otras estructuras del cuerpo cuyo deterioro resulta evidente casi de inmediato, las disfunciones del suelo pélvico suelen convivir con quien las padece durante años antes de que decida buscar ayuda, muchas veces porque ha normalizado síntomas que, en realidad, tienen tratamiento.

Cómo se cuidan realmente los cimientos: prevención y tratamiento

 

Del mismo modo que unos cimientos bien diseñados y revisados periódicamente reducen drásticamente el riesgo de problemas estructurales futuros, el suelo pélvico también puede fortalecerse y cuidarse de forma activa a lo largo de la vida, en lugar de esperar a que aparezcan los primeros síntomas. No hace falta ser deportista de élite ni haber pasado por un parto reciente para beneficiarse de este tipo de cuidado: se trata, sencillamente, de una parte más del cuerpo que, como cualquier otra, responde bien a la atención sostenida en el tiempo y responde mal al abandono prolongado. Estas son algunas de las claves más habituales:

Entrenamiento específico de la musculatura pélvica. Los ejercicios de contracción y relajación de esta musculatura, popularmente conocidos como ejercicios de Kegel, ayudan a mejorar el tono y la capacidad de respuesta del suelo pélvico, tanto en mujeres como en hombres, aunque su correcta ejecución suele requerir la supervisión de un profesional especializado, ya que realizarlos de forma incorrecta puede resultar contraproducente.

Técnicas de gimnasia abdominal hipopresiva. Esta modalidad de ejercicio, cada vez más extendida, trabaja de forma indirecta la musculatura del suelo pélvico a través de determinadas posturas y patrones respiratorios, y cuenta con revisiones científicas que respaldan su utilidad dentro de programas de rehabilitación pélvica.

Control del estreñimiento crónico. El esfuerzo repetido al defecar supone una presión adicional sobre esta estructura, por lo que cuidar la alimentación, la hidratación y los hábitos intestinales forma parte, aunque no lo parezca a simple vista, del cuidado del suelo pélvico.

Atención especial durante el embarazo y el posparto. La preparación de esta musculatura antes del parto y su recuperación guiada después son dos de los momentos donde una intervención profesional temprana marca una diferencia notable en la aparición o no de disfunciones posteriores.

Consulta temprana ante los primeros síntomas. Pérdidas de orina ocasionales, sensación de pesadez pélvica, molestias durante las relaciones sexuales o cambios en el hábito intestinal no deberían normalizarse como «cosas que pasan con la edad» o «después de tener hijos», sino consultarse con un especialista capaz de valorar el origen real del problema.

Mitos que debemos derribar antes de seguir construyendo

 

Alrededor del suelo pélvico circulan todavía varias ideas erróneas que retrasan, en muchos casos durante años, la consulta con un especialista. Uno de los más extendidos es pensar que las pérdidas de orina al toser, reír o hacer ejercicio son «normales» a partir de cierta edad o después de haber tenido hijos, cuando en realidad se trata de un síntoma con nombre propio —incontinencia urinaria de esfuerzo— y con tratamientos conservadores eficaces en la mayoría de los casos.

Otro mito habitual es creer que este tipo de problemas afecta exclusivamente a mujeres que han pasado por un parto vaginal, cuando la evidencia muestra que también aparecen en mujeres nulíparas que practican deportes de alto impacto, en hombres sin antecedentes obstétricos evidentes y, como se ha señalado antes, en la población infantil.

Un tercer malentendido frecuente es pensar que «hacer más ejercicios de Kegel» siempre es la solución, cuando en determinados casos el problema real no es la debilidad, sino el exceso de tensión de esta musculatura, algo que solo un profesional especializado puede valorar mediante una exploración adecuada; entrenar en la dirección equivocada puede, de hecho, empeorar los síntomas en lugar de mejorarlos.

El papel de la fisioterapia especializada en suelo pélvico

 

Dentro del abanico de tratamientos disponibles, la fisioterapia especializada en suelo pélvico ocupa un lugar central, precisamente porque permite individualizar el abordaje según el tipo concreto de disfunción que presenta cada persona. A través de una valoración específica —que puede incluir exploración manual, biofeedback o ecografía funcional—, el fisioterapeuta especializado identifica si el problema responde a debilidad, a hipertonía (exceso de tensión), a una falta de coordinación entre los distintos grupos musculares implicados o a una combinación de varios factores, y diseña a partir de ahí un plan de tratamiento adaptado.

Esta especialización explica por qué cada vez más hospitales y centros médicos han creado unidades multidisciplinares específicas de suelo pélvico, en las que colaboran urología, ginecología, coloproctología, rehabilitación y fisioterapia, reconociendo que una estructura tan transversal del cuerpo requiere, casi por definición, un abordaje que combine distintas especialidades en lugar de tratarla de forma aislada desde una sola disciplina médica. Esa misma lógica multidisciplinar es la que sostiene, cada vez con más frecuencia, la creación de unidades específicas dentro de clínicas y hospitales dedicadas por completo a esta parte del cuerpo, un reconocimiento tardío pero necesario de que los cimientos, aunque no se vean, merecen su propio equipo de mantenimiento.

Un cimiento que merece dejar de ser invisible

 

Si algo demuestra la comparación entre el suelo pélvico y los cimientos de una casa es que ambos comparten un destino paradójico: cuanto mejor funcionan, menos se piensa en ellos. Precisamente por eso es fácil prestarles atención solo cuando aparece algún problema. Sin embargo, conocer esta parte del cuerpo y entender qué funciones desempeña permite detectar antes determinados cambios y evitar que algunas molestias terminen normalizándose.

El suelo pélvico no necesita convertirse en una preocupación constante, pero sí merece formar parte de los cuidados habituales del cuerpo. El embarazo y el parto, el envejecimiento, los cambios hormonales, el estreñimiento, determinados esfuerzos físicos o algunas intervenciones quirúrgicas pueden afectar a su funcionamiento. También pueden hacerlo hábitos o situaciones que no siempre se relacionan de forma inmediata con esta zona. Por eso, ante pérdidas de orina, sensación de presión, dolor pélvico, molestias durante las relaciones sexuales o dificultades para controlar las deposiciones, conviene consultar y no asumir que se trata simplemente de algo que hay que soportar.

Además, hablar del suelo pélvico desde una perspectiva más amplia ayuda a romper una asociación demasiado limitada con el embarazo y la maternidad. Hombres, mujeres y niños tienen suelo pélvico y pueden presentar alteraciones en su funcionamiento, aunque las causas y los problemas más habituales varíen según la edad y las circunstancias de cada persona. Tampoco se trata únicamente de fortalecerlo: en algunos casos, los músculos necesitan mejorar su capacidad de relajación y coordinación.

Cuidar esta estructura, por tanto, no consiste en esperar a que aparezca la primera señal de alarma, sino en conocerla y prestar atención a los cambios que puedan indicar que algo no funciona como debería. Igual que en una vivienda una buena estructura permite que el resto del edificio funcione con estabilidad, un suelo pélvico saludable contribuye a mantener funciones cotidianas que muchas veces solo valoramos cuando empiezan a dar problemas.

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